Las campanas del alma
Existe un sonido que repica a cada segundo en sus corazones y
es la palabra hija, una campanada que a ratos los sublima y en otras los llena
de una pena lacerante, y no se imaginan como los entiendo. Marcela ha llegado
con su sonido hasta muchas almas, en cada una de ellas se ha leído las propias
partituras que ella repartió en cada instante en que hizo de su alegría una
vocación, una virtuosa de la composición más difícil de lograr, la entrega.
Esa mujer que ustedes llaman hija y yo, amor de mi vida, ha
demostrado tener un coraje enorme, ha plantado cara a la prueba más difícil de
su vida con una fuerza que no ha dejado a nadie indiferente, a nadie sin sentir
admiración, a nadie sin el íntimo deseo de verla nuevamente correr detrás de sus
sueños.
Ustedes no tenían más remedio que hacer patente sus valores
en ella, desde el primer día que me crucé en sus vidas me abrieron las puertas
con una generosidad que sentí mucho más ancha que el sólo hecho de ser el
pololo de su hija, sino que me dispensaron el mismo amor que veía de ustedes
hacia Marcela, así comprendí que el amor de dos puede ser mucho más extenso
cuando las campanas del alma llaman a su mesa.
Es innegable que tanto ustedes como yo navegamos en un mar
bravío, sin más auxilio que la fuerza de la oración y el remo de miles de
voluntarios que nos quieren ver de nuevo en puerto, y ya no tengo duda que así
lo haremos, Marce merece mirar su reloj sin la prisa de tener que llegar con
premura a ningún lado, solo por el gusto de hacerlo.
Desde que supimos esta infausta noticia nos comprometimos
tácitamente a estar unidos, hoy quiero ser explícito y decirles que estamos
juntos en esta batalla y todas las que vengan, porque en esta guerra contra ésta
maldita enfermedad nadie ganará más que nosotros cuando veamos a Marce
espetarnos con su diáfana ironía, “¿acaso pensaban que se librarían de mí?”.
No es porque yo la ame que vea virtudes extras en su hija, al
revés, suelo quedar corto en adjetivos cuando la describo, me puso de pie
cuando la soledad me amenazaba con su amistad, me sacudió el polvo de mi
esquematizada rutina y me regaló otros padres cuando los conocí a ustedes.
Dios no nos puede dejar solos, es evidente que se puso de
nuestro lado, tanta convergencia de buenos deseos no es pura casualidad, la
oración une y reconforta, a la par que crece la esperanza con cada abrazo, con
cada palabra, con cada mirada que nos demuestra compromiso. No importa el
tiempo que tome, pero el tañer de Marce se volverá a escuchar con más fuerza
que nunca.
Un abrazo apretado, Juan
José.
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