Mi amor:
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Cuántos kilómetros caminó el amor hasta encontrarnos? No lo sé,
pero sí sé que fue el mejor viaje de mi vida. Venías de frente, sin más
equipaje que tu sonrisa. Las huellas de mi espera se hacían eternas, como esas
lágrimas que arrancaban del miedo, que tomaban un atajo cuando veían la
felicidad avanzar. Como no emocionarme con el primer beso robado a la prisa,
con la primera caricia silenciada, con tu pelo desorbitado comunicándose con el
viento, con ese arrebato llamado sentimiento, con el destino dándome la mano.
Hoy, 7 meses después de tu
partida, no sé cuántos kilómetros ha caminado el dolor, ni cuánto queda aún por
recorrer, las certezas están estacionadas en mi ventana esperando respuestas,
dos puertas más allá está el silencio hablándome de ti, mientras sigo
despertando cada mañana para agradecer que fueras parte de mi vida.
Arranqué la última página del
calendario con un dejo de recuento corriendo a mi costado, fue un año que
quedará marcado por tu migración hasta el cielo, por un 14 de febrero tatuado
en mi piel, por el amor sublimado en decenas de corazones que latieron junto a
mí.
En Talca el humo se roba las
portadas, el Rojinegro arrancó con el pie izquierdo. Sé que mi pasión por
Rangers a ratos te incomodaba, pero como extraño tu contención después de una
derrota o tu ironía reemplazando la
rabia por una sonrisa.
Las calles semivacías de nuestra
ciudad parecen no tener esquinas, todos giran en sus mundos, como esperando que
el futuro los salude. Si supieran que la incertidumbre rellena los bolsillos,
gastarían más en compartir que en abrazar el ego de la soledad, solo quien pierde a quien ama descubre la
verdad.
Cada vez que enciendo la radio
pareces hablarme, comienza a sonar la canción que me hace recordarte, y el
metal de tu voz lo parezco escuchar, enredado
en esa sonrisa que es volver a pensarte.
El dolor a veces se parece a las
líneas del tren, miras y no sabes dónde acaba, la nostalgia toma forma de vagón
y cada día es una estación para intentar que la razón se haga menos timorata.
Cuando alguien me llama Juanjito, es tu idioma el que escucho, ese
que desenfundaba verbos como si fueran besos, ese que me enseñaba a traducir
miradas, ese en que los puntos suspensivos le daban la espalda al miedo, ese
donde la primera regla gramatical fue acentuar lo divertido.
Te amo Marce, tu JuanJito.